
Por Jorge Cura Amar
Desde China
El Hotel El Cisne Blanco es uno de los más hermosos de Guangzhou. Está construido a un costado del cauce del Río de Las Perlas, un hermoso afluente que baña gran parte del sur de China y abastece de agua a millones de habitantes.
Distinto a nuestra bella Barranquilla, el río es la vida. Es la sangre que corre por las venas y el corazón de la ciudad que palpita por cada instante de desarrollo en las márgenes de sus aguas oscuras y amenazantes.Permanezco poco en el hotel para disfrutar de sus comodidades, dígase piscina, sauna, gimnasio, comedores, bares y un sin número de pequeños almacenes de ropa de marca original que hacen una fila a lo largo de los pasillos de los pisos uno y dos.
Como siempre ocurre en mis viajes, sólo alterno con los huéspedes a la hora del desayuno. El resto del día me la paso de un lado para otro grabando cosas que me puedan servir para montar los programas que espero ustedes vean en “Sucesos” por Telecaribe, valga la cuña.
Pero algo extraño pasa acá en el hotel. Cada vez que bajo por el ascensor con destino al comedor para desayunar me encuentro con felices matrimonios norteamericanos cargando niños chinos que no pasan de los tres años, incluso algunos bebés recién nacidos. Es más, la familia no solo es la pareja de gringos sino también en algunos casos son acompañados de sus propios hijos producto de su unión marital.
Cuando llego al comedor y procedo a servir mi desayuno quedó aún más perplejo. En las 150 mesas del hotel, las conté, había 60 familias de gringos con sus hijos chinos.
El periodista que llevo por dentro no podía estar tranquilo ante lo que pasaba delante de mis ojos, y me preguntaba si esto es legal, ¿tiene vigilancia del gobierno?, ¿hay algún vivo que está cometiendo aberraciones? En fin, muchas cosas pasaron por mi mente hasta que me atreví a preguntar.
Le propuse a Eduardo Verano, el Gobernador del Atlántico, que me acompañara como asistente de reportero por las calles de Guangzhou con una cámara en mano para tomar las impresiones de la gente y conocer el día a día de una ciudad de 13 millones de habitantes, organizada, arborizada y amable como nos ha parecido hasta ahora. Nos salimos del riguroso programa de visitar ferias. Las calles de Guangzhou eran nuestras.
Mientras nos decidíamos si tomábamos un taxi o caminábamos por el barrio contiguo al hotel, por la acera de enfrente una fila de gringos empujando carritos de bebé con sus nuevos hijos chinos. Eran más de 20 parejas que lucían felices por su adquisición. Unos detenían el coche y haciendo un esfuerzo enorme, debido a su altura, se agachaban casi hasta el piso y animaban al niño que lloraba inconsolable aprisionado en el carrito. Eran escenas conmovedoras y contrastantes. Ellos blancos, altos, ojos azules, pelo rubio, la mayoría gordos de tanto visitar Mc Donald, me imagino, se veían extraños frente a esos bebés chiquitos, ojos rajados, pelo liso, y delgados como una caña de bambú que abunda en las orillas de los ríos chinos.
Hicimos un gesto de cortesía a una de las nuevas mamás que estaba sentada en una banca en la orilla de la acera y consintió con una sonrisa. Era el momento exacto para atacar y preguntar y salir de tanta duda frente al tema. La mujer oriunda de Nueva York fue muy amable a pesar de estarla intimidando con la cámara de televisión.
No tuvo ningún inconveniente para decirnos que desde hacía muchos años quería tener un hijo asiático, a pesar de tener dos niños producto de su matrimonio. Hizo las diligencias ante el gobierno chino y las cosas fluyeron. Sin embargo, tuvo que aplicar con una serie de requisitos como por ejemplo demostrar una solvente situación económica. Esta mujer gordita de cara redonda y sonrisa generosa nos pareció muy especial, porque a ella le asignaron un niño enfermo. Su hijo tiene labio leporino y paladar hendido pero pese a eso lo disfruta de maravilla, lo mismo que su esposo que apareció luego de la nada y se integró a la conversación sobre la adopción de su nuevo hijo.
Muy cerca de allí, en un parque precioso llenó esculturas que representan niños que estudian y espesa vegetación, encontramos a otra gringa con su hijo chino. Estaba sola con el bebé. Su historia no tan trascendental como la anterior, pero si llena de amor y cariño. Ella vive sola en Estados Unidos. Nunca ha tenido familia y este niño viene a llenar un vacío que parecía eterno. El bebé, no paraba de reírse cada vez que le acercábamos la cámara. “Va a ser actor cuando grande”, nos dijo la mujer que denotaba una felicidad interior difícil de describir cada vez que el niño hacía cualquier cosa. Nos contó que llevaba cinco años aplicando para que le dieran a su niño y hace poco le hicieron llegar la notificación. Las autoridades chinas dudaban de ella porque era sola, y no había una familia que pudiera soportar el proceso de adopción.
China es el país más poblado del mundo con 1.200 millones de habitantes. Los asuntos relacionados con la natalidad son severos y claros, y quien no los cumpla puede ser objeto de un complicado proceso judicial que conlleva a varias cosas. La política del hijo único sigue vigente como un control al crecimiento desbordado de la población que se dio hace muchos años. Una familia china puede tener un hijo, si tiene el segundo pierde los beneficios del Estado tales como estudio y medicina gratis. Tendrá entonces que mantener a su familia sin subsidio alguno, algo que pocos chinos puede enfrentar. Otros, con una situación económica resuelta pueden pagar las multas que les impone el gobierno al traer al mundo a su segundo hijo, o tal vez el tercero. Una multa puede llegar a tener un costo de cuatro mil dólares.
¿De dónde salen entonces los niños que adoptan los extranjeros? Muchos matrimonios chinos que han tenido su segundo hijo y no pagan la multa tienen que entregar la criatura al Estado para seguir recibiendo los beneficios de su primer hijo. Pero esta situación no es tan frecuente. La mayoría provienen de embarazos no deseados y niños enfermos que son abandonados por sus padres.
La mayoría de las adopciones son de niñas. Los chinos siguen siendo muy machistas en este sentido y muchas veces las bebés son rechazadas por sus padres que entregan las criaturas al Estado.
Todo es legal. Con los severos controles que tienen los chinos es poco probable que una familia extranjera se le mida a hacer algo por fuera de la ley, exponiéndose a severas multas y sanciones. Aquí no se venden niños. Se entregan criaturas a seres divinos y amorosos que sin importar un defecto físico están dispuestos a llevarlos en su corazón por el resto de sus vidas.