
El director Jorge Cura Amar recorre este nuevo tigre asiático, que resucitó de sus cenizas, tras el más terrible de los conflictos bélicos del mundo.
Jorge Cura Amar
Desde niño seguí el conflicto de Vietnam con una devoción propia del más interesado, a pesar de mi corta edad. Corría el año 70 cuando en Chile llegaba al poder una alternativa socialista, la primera mediante el voto popular en plena guerra fría, encarnada en la figura de Salvador Allende.
Recuerdo que por las noches escuchaba Radio Moscú para tener más información sobre el conflicto armado de sudeste asiático. Un locutor con voz potente narraba los mortíferos golpes de Vietnam del Norte contra sus hermanos del Sur, pero más importante aún, el debilitamiento de la gran maquinaria de guerra norteamericana contra ese aparente frágil enemigo que con precarias armas y con más ingenio que con infraestructura bélica iba mermando la paciencia del invasor.
Como la vida es un asunto de sueños, 37 años después de concluido el más terrible de los conflictos he tenido la oportunidad de llegar a Hanoi y Ho Chi Minh las dos principales ciudades de Vietnam para recorrer sus calles, hablar con su gente y entender así sea en parte qué ha pasado en esta nación que hoy por hoy pese a su condición de mantener una estructura comunista avanza hacia el desarrollo con políticas de corte capitalista como ya lo ha hecho Rusia y la misma China.
Ante todo debo decir que en el alma del vietnamita común y corriente no hay espacio para el odio o el rencor. La guerra es un asunto del pasado que está escrita en los libros de historia y su recuerdo se puede verificar en los Museos del Ejército o Museos de la Guerra que están abiertos al público tanto en Hanoi como en Ho Chi Minh.
Nuestro guía, el profesor Lee Van Tho, a sus 50 años de edad poco o nada retiene del conflicto armado pues cuando Estados Unidos abandona el país en 1975 contaba apenas con 14 años. Pero independiente de eso, reitera que la guerra es cosa del pasado y que ahora lo que viene es pensar en el futuro de una población de 75 millones de habitantes que debe saldar sus retrasos marcados por la pobreza en que ha vivido su gente durante los últimos 100 años.
Las cosas parece que caminan en el sentido correcto. Es impresionante ver el desarrollo industrial de Vietnam tras la llegada de multinacionales de mucho peso económico instaladas con magníficas factorías en las afueras de Hanoi. En nuestro camino al balneario de Ha Long Bay, una de las siete maravillas naturales de la humanidad, según la Unesco, pasamos por la sede de Cannon en Vietnam. Para que la descripción se pueda adaptar a nuestro medio puedo decir que la sola planta de Cannon ocupa el mismo espacio de toda la Zona Franca de Barranquilla. Desde la carretera pudimos divisar el parqueadero de las motos, medio de transporte imprescindible de la familia vietnamita. Allí no habían menos de 20 mil vehículos celosamente estacionados bajo unos tejados de eternit.
Pero otras compañías han aceptado el reto de instalarse en el nuevo tigre asiático para confeccionar o ensamblar productos debido a lo económico de sus costos de operación. Camino al aeropuerto de Hanoi se pueden ver las fábricas de Yamaha, Honda, Samsung, Nike y otras tantas. De pronto la camisa o prenda que tiene usted puesta al momento de leer este artículo tiene impreso, en la parte de atrás, la marquilla el Made in Vietnam.
Un salario mínimo de un vietnamita sin título profesional no pasa de los 75 dólares mensuales, lo que de lejos es un atractivo para estas compañías que encuentran mano de obra calificada y barata para la elaboración de productos en serie. Estamos hablando de la mitad de lo que se gana un colombiano con salario mínimo. Algunos podrían pensar que existen riesgos por el hecho de seguir en el poder un régimen comunista, pero de acuerdo a lo que nos explica el profesor Lee Van Tho, ya el sistema cambió. Al igual que China se maneja el concepto de un país con dos sistemas como cuando toca hablar del caso Hong Kong.
Desde 1986 Vietnam adoptó el modelo revisionista. La continuidad de las políticas chinas del gran impulsor Deng Xiao Ping por lo cual las cosas fueron modificándose en todos los aspectos de la vida cotidiana del vietnamita. Desde esa época se acabaron los subsidios generales para la educación, salud, recreación y bienestar. Ahora, al igual que en Colombia, los beneficios están demarcados por los niveles de pobreza de cada familia, es decir, más apoyo a los que tienen menos y nada a quienes pueden solventar sus necesidades básicas. Así el vietnamita pobre que tiene la posibilidad de acceder a un trabajo público o privado deberá velar por el desarrollo de su familia en un claro ejemplo de una sociedad privatizada donde las cosas se deben ganar con base en la capacitación y la habilidad para acceder a las oportunidades de empleo.
Sin embargo, los niveles de informalidad siguen siendo altos. Más del 65 por ciento de la población económicamente activa depende del famoso rebusque. Es impresionante ver la cantidad de comercios instalados a lado y lado de las avenidas ofreciendo cualquier artículo para mercadear.
Otro gran impulsor del desarrollo de Vietnam es la construcción, generador de buena parte de las actuales fuentes de trabajo no calificado. Tanto en Hanoi, Ho Chi Minh y en el balneario de Ha Long Bay se levantan grandes torres y conjuntos habitacionales que preparan el país para un ascenso que no se detiene. Los anuncios de apartamentos y residencias en las afueras de los centros urbanos se pueden conocer a través impactantes anuncios en vallas publicitarias, lo que indica que Vietnam tiene una camada de nuevos ricos dispuestos a invertir hasta 200 mil dólares en un apartamento de 200 metros cuadrados. Los nuevos edificios ya no tienen la delgada figura de las construcciones antiguas, que por lo costoso de los impuestos las levantaban angostas e incómodas donde una cama doble apenas entraba al cuarto principal.
El pasado no se olvida

En el centro de Hanoi se recorre la historia reciente del país. Allí están los clásicos edificios que dejaron los franceses: la réplica de la catedral de Notre Dame, el Arco del Triunfo, las mansiones convertidas ahora en teatros y embajadas. Pero en ese mismo lugar reposan las estructuras del pasado glorioso del pueblo vietnamita. Por ejemplo, el Museo de la Guerra o Museo del Ejército donde están los aviones destruidos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Los tanques, las bombas, los helicópteros y esas armas que convirtieron a Vietnam en un laboratorio para probar cuanta arma se le ocurriera inventar a los gringos o a los rusos para implementarla y probarla en las selvas de la sufrida nación asiática. Allí están todas pudriéndose entre el sol y la lluvia que cae siempre sobre todo en verano en el caluroso Hanoi.
También está la gran plaza. Gigantesca como la Plaza Roja de Moscú guardando el mismo diseño de las épocas comunistas, pero en el fondo lo más atractivo, el Mausoleo del líder Ho Chi Minh, el hermano revolucionario o simplemente el tío como suelen llamarlo los niños en los colegios de Vietnam. Hice una larga fila, que no termina desde que abren y hasta que cierran el mausoleo durante 10 horas para ver el cuerpo de Ho Chi Minh tenuemente iluminado en ese ataúd de cristal donde está embalsamado al mismo estilo de los soviéticos Lenin y Stalin. De hecho nos confirmaron que el cuerpo del líder de la revolución es trasladado a Moscú al menos una vez al año para que su figura reluciente no pierda los brillos que aún así arroja su piel. No menos de 80 mil personas lo visitan a diario. Es una fila interminable que no se detiene, que avanza lenta llevando en cada persona una gran carga de emotividad.
Debo reconocerlo: se me arrugo el corazón cuando vi a Ho Chi Minh con su ligera barbilla canosa recostado en el interior de la urna de cristal. Se veía como durmiendo plácido, tal vez confiado en que su pueblo por fin después de cientos de años, tal vez miles, recorre la vida por los senderos de la paz..jpg)
Pero la adoración no termina allí. Detrás del mausoleo hay una gran cantidad de edificios que muestran la vida del líder vietnamita. Sus aposentos sencillos representan al verdadero estadista preocupado por las necesidades de su pueblo, y no por su opulencia y beneficios personales. Una camita pequeña con su respectiva silla de madera era lo único que había en la habitación, otro espacio muestra un comedor ya vencido por los años, pero igual de sencillo. Y más adelante su despacho, un ligero escritorio de madera oscura con un par de sillones donde presidía reuniones de gobierno. En el garaje se guardan los tres carros que dispuso el líder durante su vida presidencial. Dos rusos de una marca impronunciable, y un modesto Peugeot 404 donado por los vietnamitas residentes fuera del país.
Que agradable fue visitar Vietnam. Un tigre que camina con paso fuerte hacia su desarrollo económico buscando mejores condiciones de vida para su gente con una producción que no se detiene. Ya desplazaron a Tailandia como el primer productor de arroz en el mundo. Su café fuerte gana puntos en los mercados internacionales en cuanto a cantidad y calidad, ya están posicionados como gran productor de frutas frescas en buena parte de Asia, su turismo se fortalece con aerolíneas propias que llegan a diferentes destinos en el continente y también en Europa, sus complejos hoteleros apoyados por capital extranjero no se detiene y lo más importante, dispone del empuje de su gente dulce y trabajadora que a base de disciplina y perseverancia ganaron todas las guerras bélicas, ahora intentan ganar la batalla más difícil: la pobreza.
